Los cuerpos grasos, claves para el control de Varroa

El principal recurso alimenticio de este parásito son los cuerpos grasos, no la hemolinfa, lo que explica las graves consecuencias que tiene esta parasitosis, al afectar a un órgano vital en el metabolismo de las abejas.

Desde hace ya varias décadas es de público conocimiento que la Varroa es la principal causante de mortandad de colmenas en todo el mundo, por esta razón cada año se trata de bajar las cargas causando que el efecto sea lo menos agresivo posible.
Las pérdidas anuales de colmenas de abejas melíferas en Latinoamérica y el Caribe variaron entre un 12,6%, en Ecuador y Perú, y un 56,1% en Chile. Para Argentina fue, aproximadamente, un 34%, todo esto durante 2018. Se desconoce si actualmente existen registros sobre las pérdidas que produce esta parasitosis en nuestro país, pero se estima que el daño económico que genera es millonario.
En 2018, se publicaron algunas recomendaciones sobre el monitoreo y control de varroa a fines de temporada que cobran vigencia a la luz de una reciente publicación del Dr. Samuel Ramsey y sus colaboradores (Universidad de Maryland, 2019). Ellos demostraron que el principal recurso alimenticio de este parásito son los cuerpos grasos, no la hemolinfa, lo que explica las graves consecuencias que tiene esta parasitosis, al afectar a un órgano vital en el metabolismo de las abejas.

¿Qué es un cuerpo graso?

El cuerpo graso es una gran “maquinaria” de biosíntesis y actividad metabólica. Allí se sintetizan y almacenan las reservas energéticas (lípidos y glucógeno) y proteicas, que serán redistribuidas según las necesidades de las abejas.
El tejido corporal graso también desempeña un papel crucial en la desintoxicación de pesticidas, al absorber y “secuestrar” una amplia gama de xenobióticos, evitando así que se unan al sitio de acción de los pesticidas y causen daños.
Otras funciones importantes del cuerpo graso, es facilitar la metamorfosis, regular el metabolismo y desempeñar un papel integral en la termorregulación.
Es así que posee múltiples funciones metabólicas, que varían de acuerdo a la necesidad de las abejas durante su desarrollo, pudiendo además integrar señales de otros órganos.
Al ser este tejido el órgano principal de reserva su deterioro repercute directamente en la vitalidad de las abejas. Reduce la disponibilidad de energía obstaculizando su capacidad para producir péptidos antimicrobianos, siendo crítico en la respuesta inmune.
También se esperaría que el tejido graso dañado se vea imposibilitado de producir lipoforinas y precursores de cera, de  gran importancia para mantener la impermeabilidad alrededor del cuerpo, lo que evita la evaporación de agua y posterior desecación de las abejas.
Por otro lado, un daño importante en este tejido, en los estadíos tempranos de desarrollo, sería irreparable. Incapacitaría a los adultos para el almacenamiento de proteína o la síntesis de lípidos, aún consumiendo polen luego de su nacimiento. Además, los indicadores de longevidad en estas abejas se alteran, afectando sustancialmente la vida de las abejas de invierno.
Estas son las razones por las que es importante que la colmena pase por al menos dos ciclos de cría sin varroa. Para que las abejas sobrevivan el período invernal  saludables con buenas reservas en su  cuerpo graso, y con capacidad para criar a las primeras larvas post-invernales.

Control

Durante mucho tiempo, al momento de hablar del control de este parásito, sólo se hacía referencia al acaricida que se aplicaría. En un primer momento esto pareció ser suficiente pero, con el correr del tiempo, el problema se fue tornando más complejo.
Un abordaje integral de la problemática fue necesario para entender que sería necesario convivir  con varroa en un porcentaje que no causara daño a las colmena, pero la pregunta es ¿cómo se logra?…con una estrategia de manejo integrado de la parasitosis. Con el monitoreo en los momentos críticos del ciclo de producción, y no sólo con la aplicación de productos acaricidas. De esta manera se minimizará las pérdidas ocasionadas por el ácaro.
Por lo tanto, aquí se presentan las principales prácticas que permitirán llevar a cabo un manejo integrado de la Varroosis:

  • Comprensión de las curvas de floración de la zona de ubicación de los apiarios
  • Monitoreos en momentos críticos (Ej.: Post- cosecha, inicio de temporada, etc.)
  • Obtención de valores de referencia para tomar determinaciones sanitarias
  • Disminución de su aplicación y rotación de acaricidas de síntesis.
  • Incorporación de acaricidas orgánicos a las estrategias de control
  • Aplicación coordinada de un plan sanitario zonal
  • Incorporación de genética con alto comportamiento higiénico y/o genética tolerante al parásito
  • Recambio de reinas al menos cada dos años
  • Recambio de cuadros viejos
  • Alimentación estratégica
  • Implementar, de manera aislada, las distintas prácticas que existen para el manejo de varroa, no asegurará  el éxito en el control de esta  parasitosis.

Considerando la nueva información que muestra que los cuerpos grasos son el recurso alimenticio de varroa, la investigación de esta vía, como una estrategia en la administración de acaricida, puede ser posible sólo si los mismos son tolerables para las abejas, y pueden incorporarse mediante su alimentación. Esto permitirá ser absorbidos por el cuerpo graso durante la digestión y, de esta manera, el control podrá producirse cuando los ácaros consumen el tejido con el acaricida.

A modo de síntesis, el PROAPI recomienda realizar, y reforzar, los monitoreos según el ciclo de producción. Con esos datos se podrá implementar el tratamiento con acaricidas aprobados por el SENASA, que incluya un tratamiento a fin de la temporada productiva, tratando de sanear los últimos dos ciclos de cría, para evitar que los ácaros puedan dañar significativamente el cuerpo graso y esto repercuta en el desarrollo de las abejas de invierno.

Autores: Natalia Bulacio Cagnolo-Graciela Adriana Rodriguez-Emilio Figini-Mará A. Palacio-Jorge A. Barreto

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