Los sentidos en las abejas

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Los insectos, como todos los animales, poseen órganos receptores que les permiten detectar
los cambios del medio y responder a los mismos con determinadas actitudes o
estados fisiológicos. Sin embargo, no todos poseen la capacidad de comunicarse con
otros de su misma especie y transmitir esa percepción del medio. Las abejas son insectos
sociales y como tales se comunican entre sí.
Pero, para transmitir estímulos primero hay que percibirlos, la manera en que las abejas
perciben su ambiente es muy diferente a como lo hacemos los humanos. En nosotros
uno de los sentidos más desarrollado es el de la vista pero en el caso de los insectos
hay otros sentidos que son más importantes como el del olfato o el gusto. Esto es lógico,
dentro de la colmena se encuentran prácticamente a oscuras, por tanto el sentido de la
vista no es de mucha utilidad, pero sí aquellos que capten olores, sabores y cualquier
movimiento o vibración.
Los animales son capaces adaptarse a las condiciones ambientales porque poseen
células o grupos de células que tienen una sensibilidad específica a los cambios del medio
que les rodea. Estas células especializadas y estructuras asociadas son los órganos
de los sentidos. De las células receptivas se extienden los nervios sensoriales hacia el
sistema nervioso central y de éste salen los nervios motores a los músculos y glándulas,
respondiendo al estímulo.
Las abejas perciben su ambiente gracias a: La fotorrecepción (sentido de la vista), la
quimiorrecepción (sentidos del gusto y del olfato), la mecanorrecepción (sentidos del
tacto y del oído), la magnetorrecepción (La habilidad de detectar campos magnéticos) y
la termorrecepción (es el sentido de las temperaturas)
Fotorrecepción
La energía radiante de la luz, es percibida por las abejas gracias a sus ojos. Estos son de
dos tipos: compuestos y simples u ocelos.
Los ojos compuestos son dos, están situados a ambos lados de la cabeza, y están
formados por estructuras más pequeñas, independientes y de forma hexagonal llamadas
omatidios. Las abejas reinas tienen 4.290, las obreras 6.300 y los zánganos 13.090 omatidios
(Figura 1). Los ocelos u ojos simples son tres y están situados formando un triángulo
en la parte superior de la cabeza (Figura 2.). Los ojos compuestos son órganos muy perfeccionados
que dan una visión de gran calidad, mientras que los ocelos sólo sirven para
la visión corta en la oscuridad de la colmena.
Los ojos de los insectos son bien conocidos porque básicamente están compuestos,
como cualquier otro ojo, de lentes externas para enfocar la luz, y una retina que se encuentra
debajo sensible a la luz y conectada con el cerebro por nervios.
Los ocelos no son en realidad órganos muy especializados. Un ocelo consiste en
una lente sobre una capa muy simple de células retinales alargadas conectadas con las
fibras nerviosas. No existe ningún refinamiento y es imposible que puedan formar ninguna
imagen. Se estima que su función es la de detectar la intensidad de la luz, y que pueden
percibir los rayos infrarrojos muy útiles para la actividad de la abeja dentro de la colmena.
Los ojos compuestos, por el contrario, constituyen estructuras complejas. La superficie
exterior es un óvalo alargado, muy convexo formado por las lentes de los omatidios.
El número de facetas u omatidios de los ojos compuestos varía en las diferentes castas.
Las reinas tienen 4.290 omatidios, las obreras 6.300 y los zánganos 13.090. Esta
diferencia es fácil de explicar: la reina sólo va a necesitar del sentido de la vista una vez en su vida, para su vuelo nupcial y para la vuelta a la colmena después del mismo, mientras
que la obrera lo necesita toda su vida para la recolección, localización de la colmena etc.
En el caso del zángano la visión es más importante aún, ya que su misión principal es
localizar a las hembras vírgenes en el vuelo nupcial, y copular con ellas, por eso tiene los
ojos más grandes, más abultados y con mayor número de omatidios.
Entre los diferentes estímulos visuales (tamaño, forma,
contorno, simetría etc.) que entran en juego en las relaciones
insecto/flor, la percepción del color tiene un papel
fundamental.
En las abejas, la gama de color se extiende desde el
ultravioleta (300 nanómetros) hasta el amarillo-anaranjado
(650) mostrando picos de sensibilidad para el ultravioleta,
azul y verde. Para el ojo humano, la cinta de color se
extiende desde los 400 a los 750 nanómetros con mayor
sensibilidad para el azul, verde y rojo. Nosotros no vemos
la banda ultravioleta (somos ciegos para los colores de longitud
de onda por debajo de los 400), pero percibimos con
gran facilidad toda la banda roja; sin embargo, las abejas
que son muy sensibles al ultravioleta son ciegas para el
rojo (no distinguen colores por encima de los 650), el rojo
lo ven como ausencia de color o sea como negro.
El ultravioleta es para las abejas uno de sus tres colores
primarios, en este sentido, es evidente que el color
utilizado por una flor como reclamo debe estar dentro de la
gama de colores visibles por el polinizador. Las abejas son
atraídas fundamentalmente por flores que a nuestros ojos
son azules y amarillas, aunque ellas podrían apreciarlas de
diferente color, ya que el ultravioleta puede estar también
presente.
En el diseño de la corola de una flor son muy importantes
las marcas de contraste que guían a los insectos hacia
donde se encuentra el néctar (líneas convergentes hacia
el interior de la flor). El color de estos anuncios o marcas
(refleje o no UV), denominados correctamente “guías de
néctar”, suele contrastar con el color floral de fondo, lo que
ayuda al polinizador a encontrar el camino correcto. De las
flores polinizadas por abejas, un 30% tienen guías de néctar
claramente visibles por el ojo humano, pero otro 26%
tienen pautas ultravioletas que solamente son percibidas
por el ojo de estos insectos.
Quimiorrecepción
En un mundo de oscuridad, como es el del interior de la
colmena, la percepción de sustancias químicas, junto con
las mecánicas, se hacen imprescindibles para la comunicación.
El más primitivo de los sentidos es la percepción de
moléculas químicas en el ambiente. Es decir el olfato y el
gusto. Si la percepción es a distancia, las moléculas llegan
al receptor disueltas o en suspensión en el aire, en baja
concentración hablamos del sentido del olfato. Este está
relacionado con el reconocimiento del grupo, defensa, protección
y alimentación de la cría, reproducción y búsqueda
de comida.
Si la percepción de las moléculas químicas generalmente
en mayor concentración, es por contacto entonces
se conoce como gusto y está íntimamente relacionada con
la selección del alimento.
El sentido del gusto de las abejas parece ser menos
sensible que el de otros insectos. Existen sabores, como
el amargo, que no son detectados por las abejas. Así como
concentraciones de una solución azucarada al 2%, que
para nosotros es francamente dulce, no es distinguido del
agua pura por las abejas. Las mariposas, por ejemplo utilizan
néctares de concentraciones de azúcar muy débiles
que son despreciados por las abejas.
Esta baja sensibilidad ante una concentración baja de
azúcar, es debido a que el néctar recolectado por las abejas
debe de tener una gran cantidad de azúcar, pues en
otro caso no resulta susceptible de transformarse en miel y
conservarse durante el invierno.
En el sabor del néctar hay algún tipo de información que
se trasmite de las pecoreadoras que vuelven del campo a
las abejas receptoras. Este mecanismo es importante para
alertar sobre la existencia de fuentes de alimentos con una
alta concentración de azúcar en el néctar. Generalmente
los receptores del gusto se encuentran como pelos muy finos (sensiliostricoideos) situados en la cavidad bucal, aunque
parece que también se pueden encontrar en los tarsos.
El sentido del olfato es, quizás el más importante para las
abejas sobre todo dentro de la colmena donde se encuentran
prácticamente a oscuras, pero también fuera de ella.
En las abejas los quimiorreceptores responsables del
olfato se encuentran principalmente en sus antenas tanto
en forma de pelos olfativos, como formando unas estructuras
microscópicas llamadas placas porosas. Cada placa
tiene una ranura alrededor de su borde y cubre un grupo
grande de células sensoriales. Son capaces de captar diminutas
partículas de materia que viajan por el aire. Se estima
que hay cinco o seis mil órganos placa sobre el flagelo de
la antena de la obrera, dos o tres mil en la reina y posiblemente
treinta mil en el zángano. La antena se encuentra
recorrida internamente por un nervio doble que procede
directamente del cerebro.
Olor de grupo
El olfato tiene un papel importante en la defensa de la colonia
frente a extraños. Ya que todos los individuos de la misma
colmena pueden reconocer su propio olor y no mostrarse
agresivos entre ellos. Pero si abejas procedentes de otra
colmena se introducen de forma súbita en una colmena,
esto lleva a la lucha entre obreras y la muerte de muchas
de ellas de uno y otro bando.
Por eso cuando se pretenda introducir una reina en una
colmena huérfana, o fortalecer una colmena con aporte de
abejas procedente de otra más fuerte, deben de mantenerse
separadas por medio de papel de periódico, que ellas
irán rompiendo poco a poco, de forma que los olores de los
dos grupos se vayan mezclando. También conviene rociar
las abejas introducidas, con agua con azúcar, a fin de que
se laman y vayan acostumbrándose a su olor.
Esto también debe de ser tenido en cuenta a la hora del
manejo de las colmenas, procurando acercarse a las mismas
sin perfumes cosméticos que puedan alterar su conducta.
Lo mismo sucederá con abejas que individualmente
lleguen por la piquera por acción de la deriva a una colmena
ajena. Las abejas guardianas situadas en la piquera las
huelen y si no reconocen el olor del grupo, las obligan a
marcharse y acaban matándola y arrojándola fuera.
Mecanorrecepción
La reacción al tacto o a la presión externa es probablemente,
junto con el olfato, uno de los sentidos más primitivo
de todos. En los insectos adultos, en comparación con las
larvas de cuerpo blando, toda la superficie del cuerpo es
poco sensible a la presión debido a la dureza de su cubierta
externa (tienen el cuerpo esclerotizado). Por eso poseen
numerosos pelos provistos de nervios que actúan como órgano
del tacto.
Las antenas, como ya hemos visto, son una de las estructuras
más importantes para la comunicación de las abejas, ya
que en ellas, además del sentido del olfato, se encuentran
unos sensiliostricoideos que actúan como órganos mecanorreceptores.
Estos, debidamente estimulados por otras
abejas intervienen, entre otros, en el desencadenamiento
del intercambio de comida llamado trofalaxia y también en
la comunicación de la localización de alimento.
Cuando una abeja pecoreadora vuelve a la colmena
ejecuta diferentes bailes para indicar entre otras cosas la
distancia y orientación de la fuente de alimento, estos bailes
excitan al resto de las abejas quienes siguen sus movimientos
con sus antenas puestas sobre o cerca de ella,
tenemos que pensar que dentro de la colmena el olfato y el
tacto son la única forma de comunicación.
Debido a que las señales visuales y el sonido son fundamentales
como medio de comunicación para el hombre,
tendemos a subestimar la importancia de la comunicación
química y táctil de las abejas. Al observar el baile de una de
ellas suponemos que las abejas que la rodean pueden ver
el dibujo del baile tal y como nosotros lo vemos. En cambio
sería más acertado decir que no lo ven sino que lo “sienten”.
Todo el cuerpo de las abejas está recubierto de sedas
o pelos sensitivos que, además de darles un tapiz velloso
que les permite el transporte de los granos de polen,
perciben estímulos mecánicos procedentes tanto por el
contacto directo como por diferentes vibraciones. El roce
de estos pelos o sedas generan sensaciones que desencadenan
respuestas, muy importantes en la comunicación
de las abejas, ya que en el interior de la colmena reina la
oscuridad.
Estas sedas sensitivas se encuentran distribuidas en
áreas, ubicadas entre las articulaciones de las diferentes
partes del cuerpo, por ejemplo entre la cabeza y el tórax, de
manera que el movimiento de estas partes genera la estimulación
de las sedas sensitivas. Así las abejas pueden saber
su posición horizontal vertical o inclinada. Estas áreas
de sedas occipitales también intervienen en la regulación
de la construcción de las celdillas, su forma y tamaño (son
todas perfectamente hexagonales).
Termorrecepción
A pesar de que los insectos son animales poikilotermos, es
decir, que su temperatura depende de la del medio exterior,
las abejas, gracias al desarrollo de la vida social, han logrado
desarrollar un mecanismo de control de la misma en el
interior de la colmena. Así el enjambre durante el invierno
no entrará en letargo sino que se mantendrá activo
A menos de 10ºC Una abeja aislada se inactiva y pierde
la capacidad de volar y a 7ºC se queda totalmente inmóvil,
siendo ésta su temperatura crítica. Es verdad que la edad
de las obreras y la aclimatación al frío rebaja esta temperatura
crítica, así las jóvenes se paralizan antes que las pecoreadoras
cuando desciende la temperatura.
Los machos y la reina son más sensibles y necesitan
temperaturas superiores para mostrar actividad. El huevo y
la cría muestran límites más estrechos fijados entre los 32 y
36ºC, siendo el óptimo para su desarrollo los 34,8ºC.
¿Cómo controlan la temperatura?
Ya hemos visto lo sensibles que son las abejas a los cambios
de temperatura, sin embargo, considerando el conjunto
de la colonia como superorganismo, este puede mantener
una cierta independencia térmica del ambiente.
En primer lugar por la estructura propia de la colmena,
cerrada y con una serie de cámaras de aire internas que
permiten el aislamiento.
En segundo lugar por la naturaleza química de la cera,
altamente aislante, y en tercer lugar porque las abejas son
capaces de detectar la temperatura reinante en el medio y
de actuar de forma coordinada para mantener la temperatura
del nido en unos límites óptimos para el desarrollo de
la cría.
Los termorreceptores de las abejas se localizan en los
cinco segmentos terminales de las antenas principalmente
(aunque no los únicos, pues la amputación experimental de las misma no impiden la termorregulación total).

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